Muchas veces el pasado vuelve a nosotros, un pasado que
muchas veces teníamos como olvidado. En algunas ocasiones llega como amigos que
no se habían visto, recuerdos de sucesos basados en alguna experiencia o simplemente las repeticiones de errores o de victorias; todo
esto en distintas medidas y proporciones. La historia inmediata e individual de
cada uno de nosotros se encuentra por un extremo, la historia que tenemos en
nuestros genes, en nuestras venas y que son y siempre serán parte de nosotros están
en la parte media, y el pasado que nunca conocimos, esa historia que nos llega
gracias a documentos, textos, platicas,
aprendizajes escolares están en el otro extremo.
Es por todo esto –pasado inmediato de nuestra experiencia,
pasado propio como seres biológicos, y la historia que nos recuerdan y
recuerdan y recuerdan- que tendemos a tener un doble sentir con respecto de la
historia: le tememos y la añoramos.
Poco se menciona del pasado odiado o aborrecido, porque
por muy horrible que pudo haber sido y aunque no quisiéramos que se repitiera
le tememos más que odiarlo, y agradecemos el aprendizaje obtenido. Lo hemos
visto sin ir muy lejos en la cultura popular, la música busca siempre
renovarse, hacerse mejor, y sin pensarlo vuelven a viejos estilos, que luego
rechazan cuando cobran conciencia por ser muy poco modernos. También lo vemos
en las alteraciones moralistas cuando un pasado “oscuro” se repite, por ejemplo
las manifestaciones culturales del nazismo, del comunismo, y todos los ismos. Hay
mucho ejemplos, pero en general, si tuviéramos que definir que pesa más, sería fácil
decir que el miedo. El miedo al pasado pesa
más de manera general e instintiva que el añoramiento, esto debe ser por un
primitivo instinto de protección y supervivencia. Temer y evitar lo que ya pasó
siempre es más favorable que la desear lo que ya pasó [porque a final de
cuentas siempre se puede crear nuevas bonitas experiencias, pero no se
quisieran las malas].
Esencialmente el miedo al pasado, -visto de manera
cosmogónica- es el miedo a nosotros mismos, tememos ser indirectamente parte de
algo “malo”, de un error, o de alguna aberración.
¿Qué es lo que tememos de nosotros? Pues que sencillamente somos
capaces de repetir. Tan evidente es esto que frases como “quien no conoce el
pasado está condenado a repetirlo” ha permeado en nuestras mentes. Pero no hemos
aprendido que el conocimiento del
pasado, o el no conocimiento del mismo, no excluye para nada la posibilidad de
regreso del lagarto primigenio que corre por nuestro ADN. No a gusto con esto,
no solo tendemos que recordar lo que nos pasó en lo inmediato, como espinas
clavadas, sino que además tenemos que recordar lo que nunca conocimos, y para
esto nos bombardean, o nos bombardeamos con clases de historia hasta el infinito. Por eso,
de este modo el pasado siempre estará con nosotros, porque es parte de nosotros,
y no satisfechos, profundizamos e intentamos con todos los medios no olvidarlo.
Otra cuestión aquí es evidente, el miedo al pasado no solo
es miedo a nosotros mismos, sino a que no se concuerde con las circunstancias
morales en este momento y en este determinado lugar. Si nadie nos lo impidiera ¿Por
qué deberíamos temer que en algún momento fuimos poderosos y soberbios? ¿por
qué temer que fuimos malos pero felices en esa maldad? Porque visto a la luz de
hoy y de aquí no conviene ser malos y ser felices en la maldad. Los valores
cambian constantemente, el poder y la violencia siempre estarán alejados de la
moral grupal que contenga débiles, y si la moral siempre cambia y se pretende jamás
valorar a la violencia y al poder es porque nuestras sociedades están formadas
por débiles; débiles en sentido moral, no físico. En el fondo lo sabemos y por ello queremos
evitar el dominio, el control y gobierno con fuerza. Irónicamente.
Por otro lado, el miedo inherente, que como ya dijimos también
lleva una pizca de “añoramiento”, se encauza en otro miedo aún peor: el miedo a
repetir el pasado en el futuro; miedo al futuro.
El miedo al futuro
se ve claramente cuando nos impedimos a nosotros mismos la innovación, cuando
evitamos la investigación en tecnologías no acordes a las corrientes morales, cuando
no soñamos, cuando conscientemente no idealizamos y cuando somos mediocres. Nos
detenemos ante la incertidumbre y muchas veces nos detenemos de hacer algo que
podría beneficiarnos solo porque
conlleva una pizca de riesgo.
En esta fobia de
igual manera hay un añoramiento o deseo, es más común que el miedo y las más de
la veces logramos vencer el miedo del pasado/futuro. No
pierde por esto importancia, el miedo muy comúnmente ha detenido el progreso de
las tecnologías, en las sociedades y del hombre en general, pero no ha sido
siempre, las más de las veces ha ganado el instinto innovador y hemos llegado a
lo que es hoy. Qué gran progreso!
Así, llegamos a una simple conclusión, de manera general tememos el pasado con todos los errores
y “barbaridades” que se cometieron; pero estamos orgullosos de lo logrado, y aunque no concuerden con las visiones
morales actuales, no queremos repetirlo, pero sí queremos tenerlo muy presente,
por ello vence el miedo; y a la vez tememos lo que podría ser, el futuro, comúnmente vencemos al miedo.
El hombre se acompleja muchísimo más que cualquier otro ser
y se dice el mejor de los animales, pero teme su pasado y teme su futuro, y por
ello se ve impedido en disfrutar su presente. Vivimos con miedo.

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