miércoles, 2 de enero de 2013

Reflexiones de un nicaragüense

Hay un apregunta que inquieta a muchas personas, que les mueve el piso, que de pronto los regresa de su auto infundido estado de embrutecimeinto, la pregunta es tan sencilla que uno pensaría que las personas sencillas podrían tenerla por facil de responder, pero sufren mucho con ella: ¿por qué?

Cuando he recibido noticias definitivas, anuncios que no pueden cambiarse, o deciciosnes que no depende de mí, trato de hacer la mentada pregunta driectamente a la persona responsable de mi suerte.
Al parecer, sienten que con la respuesta solicitada estuviera también solicitada una justificación de su propia existencia, les digo: "estoy de acuerdo, haré completo caso a lo que me indicas, pero ¿por qué?, ¿por qué es así como me lo ordenas?"

Para esponder una pregunta como esa, la persona que está detras de la respuesta debe tener claro el "que", y muchas de las veces  actuan mecanicamente, en el campo laboral, informativo, familiar, o en la vida en general. Entonces cuando le preguntas el "por qué", no saben bien lo que hacen, no tienen una nocion sencilla de un concepto de lo que hacen; supongo que por ello no saben responder a la pregunta del "por qué". Usualmente saben el "como", y el "donde", pero no el "que" ni el "por qué".

Sin embargo, ya me desvié demasiado de lo que quería hacer, y era prsentar un cuento-carta de Ruben Darío, donde sorpendenetemente critica a los que en otros cuentos parece favorecer, a la clase alta, a los oligarquicos, a los que no son pueblo, escondido en el nombre de Juan Lanas, nos ofrece una serie de reflexiones sobre el devenir del mundo, el futuro ante estas refloexiones parece igualmente cercano actualmente, como  al mometo en que Darío las realizó hace tantos años.

Si bien Darío nunca alabó a la clae alta o criticó al pueblo, si le fascinó siempre las formas mas hermosas y elegenates que de ningun amanera se podían encontrar en los menos afortunados. Me parece que Darío quería con esto nivelar un poco,  su tendencia politica sin alejarse demasiado de su idea estetica.

"Habrá que cantar una nueva marsellesa que como los clarines de Jericó destruya la morada delos infantes. El incendio alumbrará las ruinas. El cuchillo popular cortará cuellos y vientres odiados; las mujeres del populacho arrancarán a puños los cabellos rubios de las vírgenes orgullosas; la pata del hombre descalzo manchará la alfombra del opulento; se romperán las estatuas de los bandidos que oprimieron a los humildes; y el cielo verá con temerosa alegría, entre el estruendo de la catástrofe redentora, el castigo de los altivos malhechores, la venganza suprema y terrible de la miseria borracha! – ¿Pero quién eres tú? ¿Por qué gritas así? –Yo me llamo Juan Lanas y no tengo un centavo."


Texto integro.

¿POR QUÉ? 
–¡Oh señor, el mundo anda muy mal. La sociedad se desquicia. El siglo que viene verá la mayor de las revoluciones que han ensangrentado la tierra. ¿El pez grande se come al chico? Sea; pero pronto tendremos el desquite. El pauperismo reina, y el trabajador lleva sobre sus hombros el desquite. El pauperismo reina, y el trabajador lleva sobre sus hombros la montaña de una maldición. Nada vale ya sino el oro miserable. La gente desheredada es el rebaño eterno para el eterno matadero. ¿No ve usted tanto ricachón con la camisa como si fuese de porcelana, y tanta señorita estirada envuelta en seda y encaje? Entre tanto las hijas de los pobres desde los catorce años tienen que ser prostitutas. Son del primero que las compra. Los bandidos están posesionados de los bancos y de los almacenes. Los talleres son el martirio de la honradez: no se pagan sino los salarios que se les antoja a los magnates, y mientras el infeliz logra comer su pan duro, en los palacios y casas ricas los dichosos se atracan de trufas y faisanes. Cada carruaje que pasa por las calles va apretando bajo sus ruedas el corazón del pobre. Esos señoritos que parecen grullas, esos rentistas cacoquimios y esos cosecheros ventrudos son los ruines martirizadores. Hempre venal y corrompida, no canta sino el invariable salmo del oro. Los escritores son los violines que tocan los grandes potentados. Al pueblo no se le hace caso. Y el pueblo está enfangado y pudriéndose por culpa de los de arriba: en el hombre el crimen y el alcoholismo; en la mujer, así la madre, así la hija y así la manta que las cobija. ¡Con que calcule usted! El centavo que se logra, ¿para qué debe ser sino para el aguardiente? Los patrones son ásperos con los que les sirven. Los patrones, en la ciudad y en el campo, son tiranos. Aquí le aprietan a uno el cuello; en el campo insultan al jornalero, le escatiman el jornal, le dan a comer lodo y por remate le violan a sus hijas. Todo anda de esta manera. Yo no sé cómo no ha reventado ya la mina que amenaza al mundo, porque ya debía haber reventado. En todas partes arde la misma fiebre. El espíritu delas clases bajas se encarnará en un implacable y futuro vengador. La onda de abajo derrocará la masa de arriba. La Commune, la Internacional, el nihilismo, eso es poco; ¡falta la enorme y vencedora coalición! Todas las tiranías se vendrán al suelo: la tiranía política, la tiranía económica, la tiranía religiosa. Porque el cura es también aliado de los verdugos del pueblo. El canta su tedeum y reza su paternoster, más por el millonario que por el desgraciado. Pero los anuncios del cataclismo están ya a la vista de la humanidad y la humanidad no los ve; lo que verá bien será el espanto y el horror del día de la ira. No habrá fuerza que pueda contener el torrente de la fatal venganza. Habrá que cantar una nueva marsellesa que como los clarines de Jericó destruya la morada delos infantes. El incendio alumbrará las ruinas. El cuchillo popular cortará cuellos y vientres odiados; las mujeres del populacho arrancarán a puños los cabellos rubios de las vírgenes orgullosas; la pata del hombre descalzo manchará la alfombra del opulento; se romperán las estatuas de los bandidos que oprimieron a los humildes; y el cielo verá con temerosa alegría, entre el estruendo de la catástrofe redentora, el castigo de los altivos malhechores, la venganza suprema y terrible de la miseria borracha! – ¿Pero quién eres tú? ¿Por qué gritas así? –Yo me llamo Juan Lanas y no tengo un centavo.

Apareció en el Heraldo de Costa Rica, San José, 17 de Marzo de 1892.